Érase una vez un punto llamado G

Muchas mujeres afirman experimentar un tremendísimo placer durante la excitación sexual, cuando presionan y acarician una zona localizada en la cara anterior de su vagina; concretamente en el tercio inferior de la vagina por detrás del hueso púbico. Es una presión que, si se mantiene rítmica y vigorosamente en momentos de máxima excitación, muchas mujeres asocian con orgasmos más intensos que los alcanzados solamente mediante la estimulación externa del clítoris. 

Además, la estimulación de esta zona vaginal se asocia a la expulsión de líquido, tanto en el momento clímax de la excitación como del orgasmo. Pero, no parece ser un denominador común. No todas las mujeres han experimentado o descubierto que esta zona sea un origen de goce y no todas coinciden en que su estimulación sea ni placentera ni orgásmica. ¿Es esa zona el punto G?

Entre mitos y anatomía

Lo que nos han contado del punto G es que es una zona situada en el tercio inferior de la pared anterior de la vagina. Como característica, es una zona marcadamente más erógena que el resto del tejido vaginal.

Según varias encuestas llevadas a cabo fuera del ambiente académico de la sexología, el 80% de las mujeres afirma tener una zona más o menos localizada en la vagina que les provoca sensaciones “diferentes” de placer.

El problema que ha traído locos a los expertos es discernir si el punto G es un órgano o entidad anatómica en sí (como lo es el hígado o la nariz) o es un conjunto de estructuras que forman un complejo.

Fue Beverly Whipple, científica pionera en el estudio de la fisiología de la respuesta sexual femenina, quien en la década de los 80 bautizó a esta zona como punto G, ya que en las revisiones bibliográficas que realizó sobre el tema, las primeras referencias sobre esta zona fueron descritas en 1950 por el médico alemán Ernest Grafenberg. Aunque parece que anteriormente también Reinjier de Graaf (sí, el del folículo) ya lo había descrito en el siglo XVII como un tejido periuretral comparable a la glándula prostática masculina. De Graaf lo consideró el origen de la eyaculación femenina.

Whipple definió el punto G como un punto de máxima sensibilidad que, estimulado adecuadamente, podía inducir al orgasmo con mayor facilidad. Según sus estudios y revisiones, no es una constante en todas las mujeres, pero sí en la mayoría.

A Whipple le debemos también el maravilloso revuelo que se lió en Europa a partir de la edición de sus investigaciones, lo que supuso un cambio en el paradigma de la sexualidad y de la búsqueda del placer. Toda una revolución.

¿Y si echamos la vista atrás, más o menos unos 1000 años A.C?

Son numerosos los textos antiguos de culturas como la hindú o la china con escritos de más de 3000 años de antigüedad donde ya describieron un punto de la vagina que, al ser estimulado de una manera determinada, provocaba éxtasis que desembocaban en un desbordamiento de fluidos vaginales. ¿Hablaban del punto G? Bai Xingjian (siglo I E.C.) menciona en uno de sus poemas una zona erógena en la pared vaginal anterior conocida como "fruta de la leche" que produce un fluido blanquecino al estimularla. El Kama Sutra (siglo I EC) y el Anangaranga (siglo XIII E.C.) también mencionan una zona a la que llaman madanagamanadola que, después de estimulada, produce una "tormenta de amor y agua".

Pero la transmisión de estos conocimientos se ha sesgado a lo largo de la historia por motivos socioculturales, políticos, económicos y religiosos.

Deshojando la margarita: punto sí, punto no…

Lo cierto es que desde que se lanzó el bombazo de que las mujeres teníamos algo así como un interruptor mágico que nos encendía circuitos orgásmicos hasta el momento ignorados, las evidencias que se han presentado hasta principios del año 2000 sólo eran hallazgos respaldados por "exámenes clínicos", entrevistas y evaluaciones histológicas inespecíficas. Es decir, ni teníamos pruebas de que existiera un tejido diferente en esa zona, ni teníamos una localización anatómica exacta, solamente algo indicado mediante una palpación, un “es aquí donde me da gustillo”. 

El debate seguía residiendo en si verdaderamente había una zona histológicamente diferenciada en la pared anterior de la vagina, o si era una zona de mayor potencial erótico por estar tremendamente próxima a los bulbos vestibulares y el cuerpo del clítoris (siendo por tanto una estimulación indirecta del clítoris lo que provocaba las sensaciones placenteras y el orgasmo).

En 2008 se presentan nuevas evidencias científicas sobre el punto G. Esta vez mediante imágenes ecográficas. Las conclusiones le dan un nuevo giro al debate y se afirma que, aunque no se ha identificado una estructura única y diferente que pueda consistir en un punto G distinto, la vagina no es un órgano pasivo sino una estructura altamente dinámica con un rol activo en la excitación sexual y el coito.

Las relaciones anatómicas y las interacciones dinámicas entre el clítoris, la uretra y la pared vaginal anterior inauguran un nuevo concepto: el complejo clitouretrovaginal (CUV), que define un área variable (en cuanto a forma y función) y multifacética que cuando se estimula adecuadamente durante la penetración, podría inducir respuestas orgásmicas.

También observaron que el espacio entre la uretra y la vagina (fascia de Halban) era más grueso en las mujeres que afirmaban tener orgasmos estimulándose la pared vaginal anterior (según las descripciones es la zona que coincide con el punto G), que en las mujeres que llegaban al orgasmo por estimulación externa del clítoris. Es decir, la mayor o menor sensibilidad de la zona G parecía estar sujeta al grosor de este espacio. A más grosor, mayor inervación y vascularización.

El llamado Punto G, en lugar de ser un área puntual, pasa a considerarse un área anatómica compleja que abarca la pared vaginal anterior y las estructuras que se localizan a su alrededor: uretra, próstata femenina o glándulas de Skene, porción interna del clítoris, músculos del suelo pélvico, vasos y nervios (especialmente el nervio dorsal del clítoris).

Durante la estimulación sexual, los músculos del suelo pélvico se contraen haciendo que los cuerpos del clítoris desciendan y se acerquen hasta la pared vaginal anterior. Esta actividad muscular podría explica la particular sensibilidad que parece existir en esta zona durante la estimulación sexual.

Así pues, como órgano diferenciado, el punto G no existe. Ni anatómica ni histológicamente hay nada que determine una entidad diferente como lo es la uretra o el hígado. En cambio, los estudios apuntan a que nuestra vagina y nuestro clítoris tienen gran dinamismo, no son estructuras pasivas y tienen diferentes representaciones en nuestras neuronas cerebrales.

Y llegó el tercero en discordia

Cuando parecía que la comunidad científica llegaba a un acuerdo asumiendo que el punto G en realidad es un complejo de estructuras en el que el gran protagonista es el clítoris, irrumpe A. Ostrzenski presentando varios estudios (a partir de 2013) en los que dice que sí, que el punto G existe como entidad propia, como estructura. Se lió una buena. Otra vez.

Sus evidencias no están exentas de críticas, la verdad es que sus estudios dejan muchos flecos sueltos y recibió numerosas réplicas, la más sonada y coherente en mi opinión fue la de B. Komisaruk (aprovecho para declararme muy fan de Barry).

Otros estudios intentaron apoyar la tesis de Ostrzenski y corroboraron que las áreas del tercio distal de la pared vaginal anterior tenían un número significativamente mayor de terminaciones nerviosas que en las áreas del tercio proximal. Pero esto es descubrir la pólvora (aunque también hay estudios que no han encontrado mayor densidad nerviosa en las mismas áreas). 

Aun así, la mayor sensibilidad en el tercio anterior externo es lógica: anatómicamente el clítoris y sus ramas nerviosas están a esa altura. Además, todas las mujeres tenemos unos troncos nerviosos y unas arterias que nos vienen de serie, pero también sabemos que cada mujer tiene unas microparticularidades en cuanto a inervación y vascularización de la zona pélvica, ya sea por razones genéticas o funcionales. 

Otro ejemplo: mis piernas no tienen ni de lejos la mitad de vasos capilares que las piernas de una triatleta, pero eso no significa que las piernas de una corredora tengan “órganos extra” por el hecho de tener más capilares y motoneuronas en el tejido muscular de los cuádriceps.

Es imprescindible aplicar un método científico riguroso antes de proclamar un descubrimiento del calibre de “localizada una entidad anatómica nueva”. No podemos afirmar a lo loco que existe una estructura anatómica diferente en base a que el tejido presenta más inervación y más vasos sanguíneos. Hay que confirmar su función y que, en su ausencia, hay respuestas que dejan de sucederse.

Así que, de momento, misterio resuelto. El placer que deriva de la estimulación del “Punto G” parece responsabilidad de, una vez más, el clítoris. Concretamente de las estructuras internas (rafe, cuerpo, cruras y bulbos). No hay punto G, hay algo mucho más activo, grande y complejo, unas estructuras que trabajan en equipo para poner en marcha los circuitos del placer: clítoris, uretra y vagina distal, un complejo rebautizado hace ya años como complejo clitouretrovaginal.

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Laura  Pastor. Fisioterapeuta colegiada 3.382. Especializada en Uroginecología y Fisiosexología. Experta Universitaria en Psiconeuroinmunología Clínica y Evidencia Científica. Pilates Mat Instructor. Certificada en Método Hipopresivo.

 

Refrencias:

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  • Buisson O., Jannini A.E. Pilot Echographic Study of the Differences in Clitoral Involvement following Clitoral or Vaginal Sexual Stimulation. (2013) DOI: 10.1111/jsm.12279
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  • Gravina G.L. et al. Measurement of the thickness of the urethrovaginal space in women with or without vaginal orgasm. J Sex Med. 2008 Mar;5(3):610-8. doi: 10.1111/j.1743-6109.2007.00739.x. Epub 2008 Jan 21.
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  • Komisaruk B. Letters to the editor. Commentary on the PAPER by Dr. A. Ostrzenski: “G-Spot Anatomy: A New Discovery” jsm_2836 1954. 1958. DOI: 10.1111/j.1743-6109.2012.02836.x.
  • Ladas A.K., Perry J. y Whipple B. El punto G y otros descubrimientos recientes sobre la sexualidad humana. Neo Person. Ed. 2007.
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